ANÉCDOTA DE UN NIÑO
Un vecino muy conocido de Castro, que emigró del archipiélago, nos contó que vivió una anécdota cuando tenía a penas unos seis años, y que muy pronto conocería todo el pueblo.
Recuerda que iba embarcado en una carreta tirada por un par de robustos y hermosos bueyes claveles, mientras re’ los mayo s’ lo hacían a pie, con destino a Castro. A la altura de Ten-Ten el guía picaneó la yunta, para apurar el paso con la intención de tomar la huella que conducía a La Chacra.
Como los animales estaban acostumbrados a ir a Ten-Ten, repentinamente tomaron esa vía, por la playa. Como yo era chico, no alcancé a tirarme o saltar: ¡Llamaba desesperado... perdí el control, el equilibrio y caí, perdiendo el conocimiento!
Vine a despertar en la casa de don Carlos Oyarzo, que vivía por esos lados, en condiciones bastantes precarias.
Mi padre fue a buscar al farmacéutico Luis Espinosa... En el intertanto pasó por ahí don Luis Bórquez, más conocido como don Lucho Guata. Él comenzó a reanimarme con ejercicios físicos y respiratorios.
Cuando llegó el farmacéutico prosigue con los ejercicios de reanimación, despertando de mi desmayo o mejor dicho, volviendo en sí.
Después me contaron que lo hice lanzando la siguiente exclamación: “ ¡Ah, chu...!!! a lo que el señor Espinosa exclamó:” Este está más vivo que nadie!
Del Libro "Cronogramas de Castro en el Siglo XX"