LOS SACRIFICADOS VIAJES A PUNTA ARENAS
Desde siempre y aún ahora, los chilotes siguen viajando a la Patagonia chileno-argentina en busca de sustento. Grandes comparsas de trabajadores temporeros “hacían las pilchas para participar de la esquila”. Uno de ellos, que trabajó en la Estancia Caleta Josefina narró de sus periódicos ir y venir desde el austro chileno-argentino.
En los viajes en barcos también solía pasar aventuras. Una vez en que me venía de Punta Arenas en el barco “Chiloé” pasamos a varar en los canales, donde estuvimos cuarenta y ocho horas sobre una gran roca. Cuando logró zafarse regresamos a Puerto Natales, donde estuvimos ocho días esperando que reparen la proa del barco, que lo parcharon con cemento. En estos viajes se pasan buenas y malas aventuras.
Desde siempre y aún ahora, los chilotes siguen viajando a la Patagonia chileno-argentina en busca de sustento. Grandes comparsas de trabajadores temporeros “hacían las pilchas para participar de la esquila”. Uno de ellos, que trabajó en la Estancia Caleta Josefina narró de sus periódicos ir y venir desde el austro chileno-argentino.
Desde Castro viajábamos en el Villarrica, el Alfonso, el Puyehue o el Alondra. En cada viaje iban ciento cincuenta o más trabajadores, la mayoría de ellos aglomerados en las bodegas, juntos a sus pilchas, que las usaban como improvisadas camas. Lo más temido del viaje -dice- era la pasada del famoso Golfo de Penas, que por lo general estaba harto malulo.
Yo trabajaba cuatro o cinco años seguidos, para nuevamente irme, como muchos otros coterráneos. Por lo menos yo hice ocho o nueve viajes. Casi todos los que trabajaban en las estancias eran chilotes.
En los viajes en barcos también solía pasar aventuras. Una vez en que me venía de Punta Arenas en el barco “Chiloé” pasamos a varar en los canales, donde estuvimos cuarenta y ocho horas sobre una gran roca. Cuando logró zafarse regresamos a Puerto Natales, donde estuvimos ocho días esperando que reparen la proa del barco, que lo parcharon con cemento. En estos viajes se pasan buenas y malas aventuras.
Cuando fue el choque, todos creíamos que naufragábamos. Yo no tuve miedo porque el monte estaba muy cerca y en caso de hundimiento, podría alcanzar fácilmente la ribera. Diez días estuvimos ahí. Sólo se comía lo necesario, lo mínimo para que los víveres no se agoten.
Algunos de los pasajeros avisaron por telegrama su salida de Punta Arenas... como no aparecían y en esos años habían muy pocas radios en Chiloé, algunas familias, especialmente del campo, pensaba que habían muerto todos...
¡Cuando llegamos... bueno, ahí fue la sorpresa!
En otra ocasión me iba en el “Viña del Mar". También estuvo a punto de naufragar en pleno golfo: lo agarró una ola que lo cubrió totalmente... pero fue apareciendo poco a poco. ¡La ola se llevó todo lo que venía en cubierta: pilchas, bultos, cajas... cuanto había lo barrió!
Del Libro "Cronogramas de Castro en el Siglo XX"