sábado, 21 de julio de 2012

¡ENTIERRO... ENTIERRO!

Un chofer de Vialidad contaba que en Calle Gamboa, donde se encontraba ubicado el galpón de esa repartición pública y mientras introducía una de las máquinas, repentinamente las ruedas "se fueron a fondo" (se hundieron).

            Di cuenta del hecho a mi jefe, quien exclamó; "¡Shhhht!" con un dedo sobre los labios, al mismo tiempo que agrega: "¡Aquí tiene que estar el Tesoro de los Jesuitas!"

            "Si estos gallos dejaron escondido un tesoro en monedas de oro!... y me parece que éste debería ser el túnel que conduce hasta un punto del Río Gamboa, donde se supone lo habrían ocultado... ¡Tapémoslo!... y después conversamos".

            Así lo hicimos, poniéndonos de acuerdo con el otro chofer y el funcionario administrativo de la oficina... decidiendo llegar a las doce de la noche en punto, dejando escaleras y cordeles listos para explorar el profundo y extraño orificio, haciendo hora en el Bar Conservador, en San Martín, a cuyo dueño se le participó "el hallazgo", manifestándose éste con unos traguitos de fuerte, acompañados de unas exquisitas roscas fritas.

            A las veinticuatro horas en punto estábamos en el sitio señalado. Colocamos la escalera y cordeles para asegurar las maniobras. Los cuatro entramos muy calladitos porque al lado estaba la Comisaría de Investigacionnes, pero como estaba absolutamente obscuro supusimos que estarían durmiendo.

            Miramos hacia el fondo del orificio... y dos brillantes luces, parecían alumbrarnos como dos potentes linternas.

            Don Carlos, el jefe de la Oficina , exclama: "¡Aquí está el tesoro de los Jesuitas!"

            "¡Esto no son visiones... miren como relumbra!"... De los cuatro, ninguno se animaba a bajar por la escalera. Después de una larga espera, Don Carlos dice: "¡Yo bajo!"

            Era muy valiente y muy decidido. Me dijo:  

            "¡Tú, quédate aquí, arriba!" Al primer grito me subes de inmediato... Seguía don Guillermo, con la punta de lazo y más allá, Cárdenas.

            "Al primer grito -dice don Carlos- hay que tirar la soga..." y comienza el descenso:

            Todos temblando... De pronto Don Carlos lanza un grito. ¡Tiramos del cordel y lo izamos de inmediato!

            Al salir, aparece con un perro al hombro, que había caído al profundo hoyo.

            ¡Sus ojos brillaban en la obscuridad!... ¡¡¡Era el tesoro!!!


Del Libro "Cronogramas de Castro en el Siglo XX"
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1 comentario:

  1. COMENTARIO ¡ENTIERRO!...¡ENTIERRO!

    La historia que cuenta Mario no es una invención. Cuando era yo muy niño la escuchaba de labios de mi padre y de mi madre, en calle Piloto Pardo, generalmente en alguna noche muy oscura en aquel período en que en todo Chiloé no había luz eléctrica por el desperfecto de los motores que generaban la electricidad, y mucho antes de que se construyera la Central Pilmaiquén, desde la cual se abasteció posteriormente del “electrónico” avance a toda la isla Grande de Chiloé.

    Como no se podía escuchar la radio, toda la familia se reunía en torno a la mesa de la cocina, en el centro de la cual había una palmatoria, que sostenía una vela y su correspondiente candela. Eso ocurría después de la cena, hora en la que –durante los meses de marzo, abril y mayo- nuestra madre preparaba en el horno de la estufa a leña, una bandeja con manzanas asadas a las que agregaba un espeso almíbar de tono parduzco que hacía de la merienda una delicia.

    Pues bien, el relato de mi padre, matizado con algunas breves acotaciones de mi madre eran en ese ambiente, envuelto en un delicioso aroma a manzanas azadas. Los rostros de mis hermanos cambiaban de acuerdo a la lumbre de la oscilante candela mientras cada uno asía su respectiva manzana con el tenedor y el cuchillo, prestando al mismo tiempo la mayor atención al entretenido relato de mi padre. Mi padre –Don Carlos- contaba la misma historia que relata Mario, con solo una discreta variación: él decía que en medio de la noche decidió bajar al hoyo misterioso aquel en el que debería estar el entierro. Y lo habría hecho sólo porque sus aterrorizados compañeros temblaban de miedo y sólo deseaban huir despavoridos. Mi padre –que no era chilote- decía no temer a los espíritus, invunches, brujos y otros misteriosos personajes mitológicos que asolan la isla de Chiloé, pero sí tenía la mayor curiosidad por saber si allí se escondía alguno de los tesoros de los jesuitas, de los que tanto se hablaba en la isla. ¡Y por eso dice que bajó!
    Bajó con una linterna y una cuerda atada a la cintura, sostenida por el otro extremo por sus dos asustados compañeros. Ya en el interior del hoyo movió la luz de la linterna buscando el supuesto tesoro y habría sido en uno de esos movimientos cuando el haz de luz se encontró con dos ojos que lo miraban desde la oscuridad. Él imaginó un ser sobrenatural, que –según se decía- aparecía ante los buscadores de tesoros para resguardar el entierro. Su reacción inmediata fue gritar para que lo subieran. Ya fuera del forado volvieron a alumbrar y –con más calma- se dieron cuenta que los dos ojos luminosos eran los de un pobre perro que había caído al hoyo en medio de la oscuridad, que gemía, aterido de frío, suplicando que lo sacaran de ese tenebroso encierro.

    Se dice que Don Carlos volvió a bajar y acariciando al pobre animal, logró traerlo a la superficie, en medio de la hilaridad de sus dos trabajadores de Vialidad… y por supuesto, en aquel orificio no había ningún tesoro. La historia continuó arrancando carcajadas entre los compañeros de la oficina de Castro, cada vez que se acordaban del chascarro. Y tiene que haber sido así, pues el que nos contaba esa historia en esas tenebrosas noches de invierno en Chiloé, era mi propio padre: Don Carlos Urbina Blanco, Ingeniero de Vialidad, el mismo Don Carlos de la historia relatada por Mario Uribe.

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