sábado, 18 de febrero de 2012

DEL DOCTOR RIFFART AL DOCTOR TAPIA

  El pueblo de Castro, allá por los años 1900 al 1940 fue médicamente atendido por el Doctor Augusto Riffart, profesional alemán llegado a la ciudad después de la Primera Guerra Mundial. Su figura y su recuerdo no lo olvidan los antiguos habitantes de la ciudad, con su elevada estatura, su inconfundible estampa, sus rubios bigotes y sus gruesos lentes. Le tenían un verdadero culto por su absoluta entrega al ejercicio de su apostolado.
            Jamás se negó a atender algún llamado, fuera éste de un amigo o de un desconocido; de un adinerado o de un mendigo; de un habitante del pueblo o de las islas más lejanas ora en su hermoso corcel, ora en bote o lancha, ora a pie.
            Como “mezquino" reconocimiento a su apostolado le colocaron su nombre a esa pequeña cuadra que conecta la calle Freire con el Cementerio, cuando más apropiado y justo pudo haber sido bautizar al actual hospital con la identidad del abnegado y recordado profesional.
            Pero en esta ocasión vamos a conocer los profundos y necesarios cambios que introdujo en la salud un profesional recién egresado, que ejerció precisamente en reemplazo del Doctor Riffart.
            Nos referimos al Doctor René Tapia Salgado.
            Llegó a la ciudad en enero de 1940. Confiesa: “Salí llorando de Santiago. Tenía otras aspiraciones; me había especializado en cirugía.
            Comencé ganando cuatrocientos pesos mensuales y ejercicio libre de la profesión. Cuando llegué me hice cargo de la Dirección del Hospital. Éste, recién se había quemado, pero había un edificio nuevo, con cuatro pabellones: en una pieza estaban los enfermos. Las monjitas ocupaban otro donde ellas vivían y en otra gran pieza tenían la capilla... Yo vi esto y llamé a la Madre Superiora y le dije: “Aquí se acabó la capilla; ustedes se van a ubicar en la última pieza grande, mientras se van. Aquí necesitamos pabellones para hombres y mujeres; en este otro pabellón, atender a los enfermos...
            Total, armaron un mitting en mi contra: ¡Que se vaya el mata sanos... que se vaya el matagente! gritaban por las calles.
            ¡Yo las vi; puchas... me dejó harto deprimido!
            Pero tomé una decisión y me dije así mismo: “yo no vengo a matar a nadie... Yo vengo a hacer medicina!
            ... Y comencé a hacer mucha cirugía. Reorganicé el servicio con los pocos recursos que había: No había nada. No teníamos guantes quirúrgicos...apenas teníamos mascarillas y eran verdaderos diamantes en bruto, no habría podido hacer nada. Ahí tenía a dos funcionarios extraordinarios: Doña Adelia Guachapani y Don David Vásquez: ¡esa gente se tiene ganado el cielo con todo lo que hicieron!
            ...Y en estos años uno podía estar con el Presidente de la República en una comida, pero si le avisaban que había que hacer “un fórceps”...había que partir de inmediato!!!
            El día que llegué a Chiloé, noté que había una gran cantidad de ciegos. En todas partes se encontraban ciegos, viejos y jóvenes. Un día me dio la inquietud de averiguar la causa. Yo tuve como profesor de oftalmología a un pilar de la medicina chilena, el doctor Carlos Charlín Correa... y concluí que era TRACOMA -una enfermedad exótica (asiática).
            Comencé a investigar, a preguntar a cada enfermo de dónde era ¡todos provenían del campo!
            Tenía que hacer algo y se me ocurrió aplicarles sulfa, que en esos años se usaba para la gonorrea... ¡y fue milagrosa!
            ¡Se acabaron los ciegos...y se acabó el tracoma!
            ¡Éso lo cuento siempre. Es algo que me llena el pecho!
            ¡Éso es hacer medicina!

            -¡Alguna anécdota!
            -¡Sí, muchas!
            En una ocasión me dicen que iba llegando un enfermo medio raro, que tenía un clavo enterrado en el cráneo. Se lo había clavado sólo, porque lo había abandonado su mujer.
            Comenzamos el tratamiento quirúrgico: ¡imposible, las piezas quirúrgicas se doblaban!
            Entonces conseguimos una tenaza para herrar, con la que pudimos agarrar la cabeza del clavo, mientras teníamos al paciente amarrado en la mesa quirúrgica... y logramos extraerlo.
            ¡No lo creerá... pero ni una gota de sangre salió!
            ¡Era un clavo de cuatro pulgadas!

Del Libro "Cronogramas de Castro en el Siglo XX"
Votar esta anotación en Bitácoras.com

No hay comentarios:

Publicar un comentario